La decencia como bandera

Carlos Figueroa

carlosfigueroaibarra@gmail.com

Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.

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Carlos Figueroa Ibarra

Este año de 2018 viví un proceso en México que comprobó la fuerza que ya tiene la lucha contra la corrupción. El ascenso de Andrés Manuel López Obrador, la transformación del movimiento por él encabezado en fuerza política, arrancó con un programa posneoliberal. El discurso del lopezobradorismo resumió buena parte de los agravios que el pueblo mexicano ha sentido con motivo de una política que ha resultado un fracaso en diversas partes del mundo. No obstante ello, gradualmente el dirigente y miles y miles de los brigadistas que tocábamos puerta por puerta y visitábamos casa por casa, nos dimos cuenta que el pueblo mexicano estaba harto del desempleo o el empleo precario, de los bajos salarios, de la pobreza, de la inseguridad pero adjudicaba a la corrupción el ser causa de todo lo anterior. Paulatinamente el discurso posneoliberal se convirtió solamente en el anillo que rodeaba a una bandera que se convirtió en central: la lucha contra la corrupción. Facilitó las cosas, el hecho de que Andrés Manuel se convirtió en el paradigma del político honrado y austero.

En pocas palabras, una figura de izquierda capitalizó el enojo e indignación que causaba el hecho de que la corrupción capta el 10% del PIB mexicano: aproximadamente 54 mil millones de dólares. Por ello y por la política de alianzas, pudimos contar con el apoyo de una parte del centro y de la derecha, y socialmente, con el de una parte importante del gran empresariado y de las clases medias. Acaso ésta sea la explicación del triunfo contundente que obtuvimos.

Mi reciente estadía en Guatemala confirmó algo que ya venía percibiendo. Desde las movilizaciones de 2015, buena parte del pueblo guatemalteco se volvió beligerante en relación al tema de la corrupción. Falsamente creyó que Jimmy Morales enarbolaría la bandera de la decencia contra la corrupción y le otorgó un triunfo contundente en la segunda vuelta electoral en 2016. Hoy, el presidente Morales ha decepcionado con su ineficiencia y escándalos de corrupción. Ha mostrado en su ataque contra la CICIG lo que era su rostro oculto: la alianza con los sectores ultraderechistas y los políticos corruptos agrupados en el hoy llamado Pacto de Corruptos. A mi juicio, están dadas las condiciones para que una figura, en este caso surgida de la derecha, emerja y capitalice la indignación contra la corrupción. Asimismo, existen condiciones para que se realice una alianza transversal a ideologías y clases sociales, en torno al rescate del Estado como encarnación de lo público y no como un conjunto de instituciones secuestradas por una minoría rapaz.

En mi opinión, Thelma Aldana podría capitalizar la decencia como bandera. Podría encabezar una alianza pluriideológica, pluriclasista y multisectorial en torno a un objetivo común. Ese objetivo común debería tomar en cuenta los agravios sociales acumulados durante décadas, porque ciertamente como lo ha expresado Codeca, la corrupción no es el único problema que enfrenta el país. Y en efecto no lo es, pero los largos caminos comienzan con el primer paso. Guatemala, probablemente se encuentre lista para darlo.