Conversando con la psiquiatra

El calor y la lava estaban allí

Ana Cristina Morales

crismodenesi@gmail.com

Médica y cirujana licenciada por la Universidad de San Carlos de Guatemala, especializada en psiquiatría con arreglo al Programa USAC/IGSS. Con las especializaciones de atención en psicoterapia a mujeres maltratadas, así como en adicciones y Supervisora psicosocial. Autora de -Aprender a perdonar. “Una herramienta en psicoterapia”, publicación personal, y coautora del artículo: “Consecuencias biopsicosociales del abuso sexual”, del libro Síndrome de intestino irritable y otros trastornos relacionados, publicado por Editorial Panamericana. Del libro “El perdón y la salud” de editorial Plataforma. Columna de opinión “Conversando con la Psiquiatra” en el periódico guatemalteco “La Hora”, Trabaja en oficina privada como psicoterapeuta y psiquiatra.

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Dra. Ana Cristina Morales Modenesi

Hay tragedias de tragedias y algunas se viven sin motivos objetivos y otras no. Los desastres naturales cada día son más frecuentes e intensos. La erupción reciente del Volcán de Fuego, en Guatemala, es un ejemplo de cómo la naturaleza con sus mecanismos propios para defender el mundo provocó la muerte, un drástico cambio de vida, desolación, desamparo e impotencia entre las personas que habitaban en las faldas del coloso.

Al describir a nuestro país de manera intrínseca sin lugar a dudas siempre describimos sus paisajes, su fauna, su gente. Nuestros volcanes han sido motivo de orgullo por su belleza, su calidad enigmática y su espíritu inmerso. Ahora, el crujir del Volcán de Fuego condujo a su erupción y con ello expulsó gases, aumentó la temperatura del lugar a cifras intensas y generó lava. Lo que condujo a la destrucción de: viviendas, cultivos, vegetación, personas, familias y de ilusiones.

Sobrevivientes aquejumbrados por el dolor de sus propias heridas, de la pérdida de familiares y seres queridos, del tener que comenzar de la nada lidiando por dar un sentido a su tragedia, por descubrir fuerzas para mitigar imágenes de horror, por reconstruirse a sí mismos y hallar un nuevo lugar para reiniciar y reencontrar una nueva identidad, trascender el dolor y el agobio, mitigar el miedo.

Existe la noticia que la gente en nuestro país es de la más solidaria. La cual se evidencia hoy por la capacidad de ayudar a las personas damnificadas. Tanto en bienes materiales como en servicios brindados en momentos actuales, proveniente de todos los sectores sociales, incluyendo a los desposeídos que viven situaciones extremas de pobreza, niños, adultos y ancianos, todos juntos queriendo socorrer a mitigar la desgracia de los damnificados por la erupción volcánica.

Pero, aún en estos momentos de crisis y dolor en el pueblo guatemalteco no existe una tregua para los saqueos y para manifestaciones corruptas. Lo cual, genera decepción y enojo, porque no es posible que ante tales circunstancias del dolor humano no pueda existir compasión con una pausa genuina de honestidad y piedad.

Pienso necesario que ya fuera de la crisis o de la noticia del momento, la solidaridad expresada por la población guatemalteca continúe. Porque la ayuda se necesita no solo en la inmediatez, sino más allá. Nuestro país ya lleva muchas cargas y dolores encima y estos eventos las agudizan, pero es necesario dar seguimiento a las necesidades ulteriores de las personas afectadas por el cataclismo con la finalidad de tenderles la mano no solo para que sobrevivan sino para que puedan edificar una vida en condiciones dignas.

Con este funesto suceso se evidencia la falta de prevención y preparación ante los continuos desastres naturales que nuestro país enfrenta. Una desinformación que lleva a aumentar el caos y a no tomar medidas certeras para decisiones de carácter inminente. Y también, de manera muy lamentable se observa la indiferencia de un Estado ante su pueblo.